viernes 16 de septiembre de 2011

Un esfuerzo más para ser lacaniano


EN DEFENSA DE LAS CAUSAS PERDIDAS

Slavoj Zizek

Akal.

Madrid, 2011. 479 páginas.

En defensa de las causas perdidas es una lectura crítica de la tradición revolucionaria que arranca con los jacobinos y llega hasta el populismo en nuestros días pasando por los totalitarismos del siglo XX. En este libro Zizek recupera estas experiencias del pasado como los “mejores fracasos” de un mismo ideal emancipatorio. Un ideal transhistórico que se perfila en cuatro principios: estricta justicia igualitaria, terror (con severas limitaciones de las “libertades” liberales), voluntarismo (el mecanismo de la toma de decisiones debe ser global) y confianza en el pueblo. Este horizonte programático es un claro ajuste de cuentas con el enfoque postmoderno que privilegia los conflictos a pequeña escala, asume la existencia de una pluralidad de formas de subjetivación, reivindica la tolerancia como principio ético y es reacio a tomar el poder bajo la forma política de partido. Por contra, Zizek apuesta por una iniciativa global, insiste en que la economía es la piedra de toque de la política, ha escrito un libro titulado Contra la tolerancia, reivindica la “violencia sagrada” como palanca de cambio y es bastante favorable a la formación política de partidos.

El esloveno considera que 300 es la película de izquierdas por antonomasia en tiempos recientes; la lectura que ofrece del film aclara la raíz autoritaria de su pensamiento: los espartanos son un proletariado libre y disciplinado que se enfrenta con abnegación a la horda multicultural y hedonista del capitalismo contemporáneo. La libertad de los espartanos no es gratuita sino que exige un alto coste en vidas. Zizek reivindica este espíritu espartano de autocontrol y sacrificio por la Causa frente al paradigma hedonista, desregulado y buenrollete que arranca de Mayo del 68. Frente a la revolución como fiesta creativa de la imaginación sin restricciones, la postura del esloveno es, cuanto menos, realista: tras la Crisis de 2008 y con el horizonte histórico del colapso climático, las restricciones se harán más necesarias que nunca. The game is over, hay que meter en cintura a una izquierda imbuida en el pathos de la liberación sexual. De aquí en adelante, la disciplina, la responsabilidad y el autocontrol serán los valores de un pensamiento alternativo que se tome en serio la situación.

¿Es Zizek un apologeta del totalitarismo? Yo no iría tan lejos. Es cierto que sus cuatro principios están contaminados por cierta retórica jacobina (“la virtud sin violencia es vacía”). Pero, pesar de todo, el esloveno acepta que la democracia liberal es el más psicoanalítico de los regímenes -el sistema electoral presupone el sujeto barrado, las votaciones institucionalizan la inexistencia del Otro- pero le falta un esfuerzo más para ser lacaniano. El fallo de la democracia liberal radica en que, inevitablemente, la democracia degenera en tecnocracia con la aparición de los expertos. El experto encarna la figura lacaniana del sujeto que se supone que sabe, una persona que toma decisiones en nombre del pueblo ignorante, decisiones que no están mediadas ideológicamente. La política degenera en el gobierno de las cosas, la gestión económica no se supedita a intereses políticos, el libremercado se impone como un hecho, esta es la realidad de la postpolítica tecnocrática.

¿Acaso es el populismo ese plus democrático que necesitamos? Zizek vacila. En la práctica, Hugo Chavez es la única alternativa al gobierno (neoliberal, postpolítico, postmoderno) de las cosas; en un párrafo se describe al venezolano como “la versión más perfecta del dictador proletario” y a renglón seguido se le rebaja al rango de “un Fidel con petroleo”. En la teoría, el populismo no es suficiente, La Razón Populista de Laclau obvia los análisis económicos, en vez de afrontar las contradicciones del sistema, las externaliza en un oponente simbólico (pueblo vs fuerza externa). Zizek no tiene una alternativa, su propuesta es atrayente pero también ecléctica e incompleta. Lo esencial de la misma es el status preferencial que otorga a la economía política en un tiempo como el nuestro que tan necesitado está de una refundación de la sociedad sobre bases económicas más igualitarias y justas.

(publicado en Quimera 334, septiembre 2011)

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