
MALA FAMA
Guy Debord
Pepitas de Calabaza.
Logroño, 2011. 111 páginas.
En ocasiones los dichos populares se equivocan: quien calla no siempre otorga. Más bien al contrario, la historia demuestra que, en lo que a polémicas intelectuales se refiere, un silencio estoico e indiferente tiene un efecto devastador, implacable, incontestable; los argumentos del objetor que no llegaron a suscitar la más mínima reacción pasan a convertirse en pasto del olvido. De hecho, la superioridad intelectual se basa en una cierta irresponsabilidad: no tener que responder a las increpaciones intempestivas. En relación con el aprendiz impertinente, el Maestro tiene derecho –y casi la obligación- de guardar silencio. Un caballero andante nunca se rebaja a batirse en duelo con un plebeyo –y menos aún Don Quijote-. La obsesión por decir la última palabra refleja una cierta inferioridad; aquél que necesita hacerse notar a toda costa es, por ese mismo motivo, aquél a quien nadie presta atención. En el plano estrictamente textual, citar al oponente no es siempre la mejor idea, especialmente si el objetivo último no es la dialéctica sino la exhibición de atrocidades, esto, es la mofa, escarnio y denigración del otro. El uso de comillas implica un reconocimiento en términos de igualdad, mediante el cual se dota de cierta legitimidad al debate. Incluso puede convertirse en publicidad gratuitra de los escritos del otro. El irónico mecanismo de la Historia hace que el pensamiento de Heráclito se salvara del fuego y el olvido gracias a San Hipólito de Roma, un mártir cristiano del s. III a. C., quien citó con profusión los textos del Oscuro en un libro titulado Refutación de todas las herejías. El 70% de los fragmentos de los que disponemos en la actualidad provienen de esa fuente. Movido por el objetivo de hacer patente lo despreciable de sus doctrinas, Hipólito se convirtió en el mártir ambivalente de la causa presocrática. Así las cosas, no es de extrañar que en la Antigua Grecia lo sagrado y lo abyecto recibieran el mismo (mal)trato: el pacto de silencio. No hablar de alguien era entonces la expresión más patente del desprecio (o de exaltación silente). En todos los Diálogos de Platón no encontramos ni una sola referencia al atomismo de Demócrito y Leucipo, cuando son ellos, y no los sofistas, los directos competidores del idealismo platónico. Más vale no invocar la soga en casa del ahorcado: nadie en su sano juicio, nos dice Platón en la Carta Séptima, pondría por escrito sus pensamientos (y menos aún las reflexiones del adversario, añadiremos).
Al parecer Guy Debord no suscribía nuestra tesis. En 1993 redactó “Esa mala fama…”, un texto de combate donde se detiene a refutar por extenso todas y cada una de las opiniones emitidas entre 1988 y 1992 sobre su persona, sus publicaciones o el movimiento situacionista. Movido por un egotismo desbordante y haciendo uso de una prosa deliciosa, propia de un moralista francés del siglo XVIII, Debord no entra al trapo en cuestiones argumentativas, sino que prefiere denigrar a sus objetores, deslizarse a través de sus objeciones con un aire de superioridad intelectual y moral. De tanto en tanto suelta alguna lindeza: “la cultura de masas miente o se equivoca sobre todo aquello que puede tener un atisbo de interés. Y no se trata de una lamentable casualidad: esa es su función en tanto cultura de masas.” Los temas son recurrentes: la crisis del Mayo francés, la disolución de la I.S., las polémicas editoriales sobre la publicación de sus obras completas en Gallimard y, en general, el aura de secretismo que rodeaba la sustracción a los medios de comunicación que practicaba Debord quien no sólo se negó sistemáticamente a aparecer en público, sino que defendió ante todo su derecho a no trabajar, su derecho a ser un hombre que no comparte las “ilusiones” de su tiempo. El resultado que arroja este libro es atroz: Debord aparece aquí como un intelectual egotista obsesivamente preocupado por su imagen mediática, hasta el punto de querer exhibir en todo momento su superioridad moral e intelectual sobre una panda de tuercebotas que, no obstante, algo de razón tienen. Estamos ante un libro muy recomendable para aquellos que quieran deconstruir el paradigma de teórico-práctico que nace en la Sociedad del espectáculo y en el detournement situacionista, y que tiene como inmediatos sucesores a las tesis sobre el simulacro de Baudrillard y la estética relacional de Bourriaud, respectivamente.
(publicado en Quimera 332, junio 2011)
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